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jueves, 2 de abril de 2009

El anciano y los pájaros

“Qué lástima, dijo el anciano, que todos mis hijos y mis nietos se hayan muerto. Esta noche regresarán los diez pájaros que vendí hoy en la feria. Los mismos que vendo desde hace muchos años. Regresarán como siempre a la jaula. El último que llega cierra la puerta. Después la abren y sale uno detrás del otro para dormir sobre mi pecho, en mis sobacos, entre mis piernas y despertarme al día siguiente cantando y picotear en la barba unas migas de pan, unos granos de arroz, algún fideo, lo que cae del tenedor o la cuchara durante la cena, y beber unas gotas de vino, ese trago que no alcanza la lengua y se queda en los labios para ellos.
“Los cacé sin redes, sin tramperas, sin herirlos. Los cacé extendiendo los brazos y vinieron a posarse en mis manos. Diez dedos, diez pájaros. Eran pichones. No sabían cantar. Los puse en el suelo. Destapé una botella, la bebí, y cuando estaba vacía, mojé el corcho con la lengua y lo froté en la botella. Con esa música, les enseñé a cantar. ‘Así se canta’, les dije. Y cantaron. Después los llevé a la feria y los vendí. Esa misma noche regresaron. Siempre volvieron a la jaula.
“Qué lástima que todos mis hijos y mis nietos se hayan muerto. Qué lástima. Podría haberles enseñado el oficio de vender pájaros.”

Javier Villafañe

miércoles, 14 de enero de 2009

El laberinto de los ancianos

Cerró los ojos y fue bajando entre raíces. 
—Esto es la continuación de aquello —dijo el otro anciano que lo llevaba de la mano.
Las palabras se golpeaban unas contra otras. Él y el que lo llevaba de la mano —una mano fría y la otra mano helada— no oían más que el eco.
Iban bajando.
—Me acuerdo —dijo el que lo llevaba de la mano (tenía deseos de hablar, de comunicarse, de oírse)—. Una tarde, recuerdo… (Quería contar la mano helada.) ¿Me escucha?
Otra vez el eco. Las palabras golpeándose unas contra otras. Goteaban las paredes. Era una lluvia hueca. Se filtraba en las piedras.
—Mire abajo.
Y vio un largo corredor que continuaba. La mano de otro anciano lo estaba esperando.
Debía seguir descendiendo.
—¿Hasta cuándo? —preguntó.
—No sé. Esto es la continuación de aquello —respondió la otra mano.
Y siguieron bajando entre paredes cada vez más juntas.

Javier Villafañe

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Los ancianos fieles

—Otra vez ha entrado el mariposón —dijo la abuela—. Voy a espantarlo como todas las noches.
El mariposón volaba alrededor de una lámpara. Los nietos salieron del cuarto. La abuela cerró la puerta con llave y bajó las celosías de las ventanas. El mayor de los nietos se escondió para ver cómo la abuela espantaba al mariposón.
Y vio al mariposón caminando por el espejo de la cómoda, quitarse las alas y sentarse en una silla. Y vio a la abuela abrir el armario y sacar unos bigotes, un sombrero y un frac.
El mariposón sentado en la silla era un hombre desnudo y se vistió poniéndose de pie los bigotes, el frac y el sombrero.
Y vio a la abuela sacar de una gaveta del armario unas trenzas y un traje de novia. La vio desnudarse y vestirse poniéndose las trenzas y el traje de novia. Y vio a los abuelos como estaban en el retrato del comedor, sonriéndose en un marco dorado. Después los vio volando, tomados del brazo, besándose, dando vueltas alrededor de la lámpara. 

Javier Villafañe

lunes, 29 de septiembre de 2008

Desencuentro de dos ancianos

Una anciana caminaba durante todo el día y un anciano caminaba durante toda la noche. Nunca se encontraron. Es lógico. La anciana caminaba de día y el anciano caminaba de noche. Ella tenía los ojos del color de los árboles. Él tenía la nariz aguileña y un bastón. Los dos tenían los mismos pájaros en distintas jaulas. Los dos eran viudos. Ella vio morir a su marido una tarde del mes de mayo. Él vio morir a su mujer una mañana del mes de agosto. Los dos tenían sobrinos que jugaban al ajedrez. Pero, ¿cómo pueden encontrarse en la ciudad de Buenos Aires, entre tantos millones de habitantes, una anciana que camina de día y un anciano que camina de noche?

Javier Villafañe