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jueves, 15 de enero de 2009

El campeonato nacional de pajaritas

Abierto oficialmente el campeonato nacional de pajaritas, el señor Pereira se dirige al proscenio, toma una hoja de papel, la dobla, la vuelve a doblar, y de los pliegues surge lentamente una montaña. Pliegue tras pliegue, de la montaña surgen un arroyo y un arcoiris, el arcoiris desciende y junto a él fulguran las nubes y finalmente las estrellas. Un gran aplauso resuena, el señor Pereira se inclina y baja lentamente a la sala.
Acto seguido se instala en el proscenio el señor Delgado, quien toma en cada mano sendas hojas de papel, la mano izquierda dobla dobla dobla dobla, sale una paloma, sosteniendo el pico con los dedos anular y meñique y tirando de la cola con los dedos índice y medio las alas suben bajan suben bajan, finalmente la paloma vuela, entretanto la mano derecha dobla dobla dobla dobla, sale un halcón, colocando el dedo índice en el buche y presionando con el pulgar en las patas, las poderosas alas suben bajan suben bajan, al final el halcón vuela, persigue a la paloma, la atrapa, cae al suelo, la devora. Un entusiástico aplauso resuena, el señor Delgado se inclina y desciende lentamente a la sala.
Sube al proscenio el señor Iturriza, quien es calvo, viejo, tímido y usa lentecitos con montura de oro. En medio de un gran silencio el señor Iturriza se inclina ante el público, hace una contorsión, se vuelve de espaldas. La segunda contorsión lo despliega, asume una forma extraña, y luego vienen la tercera, la cuarta, la quinta contorsión, la apertura del pliegue longitudinal y la vuelta del conjunto. La sexta y la séptima contorsiones son apenas visibles pero definitivas, la gente va a aplaudir pero no aplaude, en el proscenio el señor Iturriza deschace su último pliegue y se transforma en una límpida, solitaria, gran hoja cuadrada de papel blanco.

Luis Britto García

jueves, 20 de noviembre de 2008

Ella él

Él, que se acuesta con ella, él, que para atraerla fue poniendo de manifiesto tan diversos rasos de carácter, su desilusión, entre otros, su manera de manejar a lo pase lo que Dios quiera, entre otros, su capacidad de contar verdades como si fueran embustes, entre otros. Él, que cuenta en su haber los cien metros planos el gusto por las medias caras el paralelo y risible descuido por los zapatos el aprecio por autores de los que llaman menores el tiro con rifle la manía de no botar las camisas viejas el tabaco inglés la confesión de que cualquier pendejada lo conmueve la constancia —llámenla si quieren testarudez— irracional, la teoría de que hablar con las mujeres es perder el tiempo de que mejor las manos que además siempre deben estar doblando tapas de frasco monedas quebrando astillas aplastando nueces para hacerle sentir a ella una cierta impresión de peligro inminente tenaza.
Ella, que tan repetidamente ha puesto de manifiesto su miedo por las ratas cierto sueño infantil de desamparo su aversión hacia las señoras gordas el gusto de que le hagan cosquillas en el tercer espacio intercostal derecho su indiferencia por la metafísica su interés por la hiperconductividad metálica su compulsión de romper jarrones su amor por los cuartos encerrados y sin muebles su aversión por las jaulas con pajaritos su convicción de que los caracoles arrastran el invisible carro del olvido su risa por las señoritas que se tiñen su propensión a crear lenguajes cuyas palabras son ciertos guiños ciertas formas de relamerse los labios.
Él, ese carajo a quien inventé atribuyéndole las cualidades todas que creí podrían atraerla y que en efecto la atrajeron y que en el fondo no tienen nada que ver conmigo que soy otra cosa, que como ustedes sabrán soy enteramente otra cosa.
Ella, que tantos antedichos rasgos inventó para atraer, no a mí, sino al monigote falso que yo había creado, no a mí, sino a ese ser increíble que todas las noches posee y que tiene tan poca existencia como el que ella ha creado.
Ella él quién pudiera reventarles los ojos decirles a él cabrón a ella puta levantarles la tapa de los sesos, quién entonces yo y tú mirándonos con horror y asco desde nuestra repentina verdad, nuestra extrañeza.

Luis Britto García

martes, 30 de septiembre de 2008

Artes posibles

Máquina maravillosa para hacer el arte, no esas tonterías debiluchas que llaman hoy arte, que apelan por separado a la vista, al oído, a otros sentidos o cosas así. El espectador es introducido en un tubo en donde lo aturden fogonazos, caleidoscopios, estroboscopios (vista), berridos, estampidos, cataplunes y zuáquitis (oído), bocanadas de sulfuro, de carbono, pachulí y catinga (olfato), chorros de aceite de ricino y todas esas cosas químicas que tienen sabor sui generis (gusto), pinchazos, raspaduras, cosquillas, mordeduras (tacto), heladuras, quemaduras (sentido de la temperatura), sacudidas eléctricas, vergajazos (sentido del dolor), cambios de sitio, caídas libres, aceleraciones, desaceleraciones, giros en hélice, en tirabuzón y en rizo (sentido de la posición), constricciones, torsiones (sentido de la posición corporal relativa), violaciones (percepción sexual), penetraciones, introducciones de espéculos, insuflaciones, inyecciones de hormonas y vasodilatadores (percepción interna de los procesos orgánicos), choques inductores de entremezclamiento y confusión de sensaciones (percepción cinestésica), inyecciones de drogas (percepción delirante), y como luego de experimentada en su totalidad la experiencia artística ya para qué vivir, el espectador es atacado en su instinto de conservación, fibra a fibra deshilachado, macerado, masticado y digerido. Como sucede con toda nueva forma de arte, en la que proponemos los espectadores, al principio, serán escasos.

Luis Britto García