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domingo, 12 de abril de 2009

Relato pánico II

Detrás está una monja con una gran sartén sobre el fuego. Creo que está haciendo una tortilla; tiene un par de huevos gigantescos junto a ella. Cuando me acerco me mira fijamente y observo que debajo de su sotana, en vez de pies, aparecen dos ancas de rana.
En la sartén hay un hombre con un aire indiferente. De vez en cuando saca un pie —quizá se queme demasiado— y la monja se lo vuelve a meter. Ahora el hombre se ha quedado inmóvil y una especie de salsa le cubre. Esta sopa se vuelve espesa, ya no le veo más.
La monja me pide que vaya con ella a un rincón. La sigo. Y ya comienza a contarme obscenidades en un tono de murmullo. Para comprenderla mejor me acerco a ella y noto que acaricia mi sexo, pero no me atrevo a decir nada. Alguien se ríe detrás de nosotros, miro las manos de la monja y descubro que son dos ancas de rana.
Me doy cuenta de que estoy desnudo y temo que me vean así. Ella me dice que me meta en la gigantesca sartén para que nadie me vea. Me meto. La sopa cada vez está más caliente. Intento sacar un pie pero la monja me lo impide. La salsa me cubre por completo y el calor aumenta constantemente.
Ahora me abraso.

Fernando Arrabal

miércoles, 25 de marzo de 2009

Relato pánico I

Ella me dio un ramo de flores, me puso una chaqueta roja y me subió sobre sus hombros. A la gente le decía: “como es un enano tengo que llevarle así, tiene complejo de inferioridad”. Y la gente se reía.
Como iba muy de prisa tenía que agarrarme bien a su frente para no caerme. Alrededor, formando una especie de calle había muchos niños; a pesar de que yo iba sobre ella apenas le llegaba a las rodillas. Y todos reían. Y ella explicó que no debían reírse, porque yo soy muy susceptible. Todos reían a carcajadas.
Ella corría cada vez más, yo veía sus pechos al aire y su camisa que flotaba al viento. La gente cada vez reía más, las risas parecían cacareos.
Por fin me dejó en el suelo, y desapareció. Un grupo de gallinas verdes gigantescas se acercaron a mí. Yo no era mayor que sus picos que se aproximaban para picotearme.

Fernando Arrabal

lunes, 16 de febrero de 2009

Mi cara

—Hijo mío, hijo mío...
Por fin encendió una lamparita y vi su cuerpo. Pero su cara quedó en la oscuridad.
Yo le dije “mamá”.
Me pidió que la abrazara. Y sentí sus uñas clavarse en mis hombros: pronto noté la humedad de la sangre.
—Hijo mío, hijo mío, bésame.
Me acerqué y la besé. Y sentí sus dientes clavarse sobre mis labios: la sangre corrió por mi cara, húmeda.
Se separó de mí un instante y pude ver su vientre. Dentro de sus entrañas había un ternerito que dormía. Y la cara del ternero era mi cara.

Fernando Arrabal