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miércoles, 11 de febrero de 2009

Fábulas

Siguiendo el ejemplo de los cuentos de “Las Mil y Una Noches”, el reo comienza a relatar fábula tras fábula a su verdugo, con el fin de entretenerle y retrasar al máximo el momento de su muerte. Pero ocurre que, en mitad de la noche, se le acaban de pronto las historias y ya no puede encontrar ni una sola en su cansada memoria.
Aterrado y creyendo próximo su fin, mira al verdugo, aliviado comprueba que éste se ha quedado profundamente dormido con la afilada hacha entre sus manos. Así que ahora ya más tranquilo, piensa que en realidad, él nunca fue un buen narrador de historias, y que sin duda alguna, ha dormido de aburrimiento a su verdugo. Aprovechando esta circunstancia le quita con suavidad el hacha, y en el preciso momento en el que la levanta para descargarla sobre la nuca del durmiente, éste, sonámbulo, se incorpora, comenzando a relatar de modo tan magistral los maravillosos sueños por los que en esos instantes viaja, que al punto queda el reo totalmente embelesado.
Cuando amanece, el verdugo despierta y aprovechando que en virtud del dulce encantamiento el reo duerme ahora apaciblemente, le quita a su vez el hacha, y la historia vuelve a comenzar desde el principio, con el asustado reo contándole de nuevo fábulas al verdugo, etc. Repitiéndose así perfecto, el mágico tiempo circular en el que ambos se perdonan mutuamente la vida.

Julia Otxoa

jueves, 11 de diciembre de 2008

Carpetas

Cuando Elisa pidió a su esposo, el día del aniversario de su boda, la opinión sobre aquellos quince años pasados juntos, a Juan le fue totalmente imposible volver de aquel lejanísimo tiempo en que preguntas como aquélla hubieran podido tener algún sentido. De aquel lugar casi prehistórico en su memoria, en que constató y asumió como una calamidad más en su vida, que vivía y que probablemente viviría por el resto de sus días, con una perfecta extraña.
Elisa miraba a Juan volviéndose a medias desde el fregadero. Era obvio que esperaba una respuesta. Él, venciendo un súbito e intenso ataque de terror, se levantó precipitadamente de la mesa en que comía, alegando haberse olvidado unas carpetas dentro del coche.
Cuando Juan volvió, Elisa ya no recordaba en absoluto que hacía unos pocos minutos era una esposa junto a un fregadero, esperando una respuesta.

Julia Otxoa

martes, 4 de noviembre de 2008

Cuestión de orgullo

Realmente aquel hombre se obstinaba en no querer entender, mientras enfurecido me daba puntapiés en las costillas y riñones, me insultaba y me perseguía por toda la casa, incapaz de soportar la idea de esposo abandonado.
Yo no me defendía, sabía perfectamente que hubiera podido cortarle la yugular con la velocidad de un rayo, pero en el fondo me daba lástima, ya que en cuanto se cansara y dejara de golpearme, yo también me iría dejándole totalmente solo.
Porque ningún perro de mi categoría soportaría vivir con un dueño que no le permite contemplar, escondido tras las cortinas del dormitorio, cómo su mujer se desnuda todas las noches.

Julia Otxoa