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viernes, 20 de marzo de 2009

La convocatoria

Esta mañana, muy temprano, he conocido a mi futuro hijo. Tenía los ojos azules e incomprensiblemente vigilantes. No estoy seguro de que su mirada fuera alegre, además de sabia. Él comprendía perfectamente su papel en aquella habitación; comprobaba nuestros movimientos, recién nacido, con la paz infinita del ser a quien aún le resta empezar a vivir. Pero no había venido al mundo, sino que regresaba a él, serenamente.
Era una vieja semilla prometida desde los años que no había visto.
Cuando cayó en mis manos lo hizo resbalando por la camilla con su placenta blanquecina untada en los miembros. Quedó suspendido, sus pequeñas axilas humedeciéndome las manos. Fue entonces cuando me sonrió a mí, a su padre sorprendido por la paternidad consumada en un instante. Yo supe claramente que me hablaba y que aceptaba mi lenguaje. Lo abracé emocionado y le dije mi primera frase de padre, esa que pronunciaré dentro de algunos días cuando haya concebido al hijo que ya tuve y aún no tengo. Conservo todavía un tenue jirón de caricia en mi mentón barbado.
Poco antes de la luz, al despertar, vi cómo el día iba a posarse sobre la ciudad con calma y respeto por los tiempos.

Andrés Neuman

lunes, 9 de febrero de 2009

El caso Arístides

Desde que tuviera uso de razón, Arístides no articuló sonido: él aguardaba. Confiaba en ser capaz, cuando la muerte lo acechase, de convocar sus sueños, su rabia, sus penas y sus años, y resumirlo todo en un alarido o en una carcajada. Sería sólo una voz, descomunal y precisa, que ahuyentaría a la muerte cuando llegase a buscarlo.
El silencioso Arístides murió un veintitrés de julio en su habitación mientras dormía, con una ligera sonrisa asomándole en la boca.

Andrés Neuman

martes, 25 de noviembre de 2008

Felicidad

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos.
A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y a sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.

Andrés Neuman