jueves, 20 de noviembre de 2008

Ella él

Él, que se acuesta con ella, él, que para atraerla fue poniendo de manifiesto tan diversos rasos de carácter, su desilusión, entre otros, su manera de manejar a lo pase lo que Dios quiera, entre otros, su capacidad de contar verdades como si fueran embustes, entre otros. Él, que cuenta en su haber los cien metros planos el gusto por las medias caras el paralelo y risible descuido por los zapatos el aprecio por autores de los que llaman menores el tiro con rifle la manía de no botar las camisas viejas el tabaco inglés la confesión de que cualquier pendejada lo conmueve la constancia —llámenla si quieren testarudez— irracional, la teoría de que hablar con las mujeres es perder el tiempo de que mejor las manos que además siempre deben estar doblando tapas de frasco monedas quebrando astillas aplastando nueces para hacerle sentir a ella una cierta impresión de peligro inminente tenaza.
Ella, que tan repetidamente ha puesto de manifiesto su miedo por las ratas cierto sueño infantil de desamparo su aversión hacia las señoras gordas el gusto de que le hagan cosquillas en el tercer espacio intercostal derecho su indiferencia por la metafísica su interés por la hiperconductividad metálica su compulsión de romper jarrones su amor por los cuartos encerrados y sin muebles su aversión por las jaulas con pajaritos su convicción de que los caracoles arrastran el invisible carro del olvido su risa por las señoritas que se tiñen su propensión a crear lenguajes cuyas palabras son ciertos guiños ciertas formas de relamerse los labios.
Él, ese carajo a quien inventé atribuyéndole las cualidades todas que creí podrían atraerla y que en efecto la atrajeron y que en el fondo no tienen nada que ver conmigo que soy otra cosa, que como ustedes sabrán soy enteramente otra cosa.
Ella, que tantos antedichos rasgos inventó para atraer, no a mí, sino al monigote falso que yo había creado, no a mí, sino a ese ser increíble que todas las noches posee y que tiene tan poca existencia como el que ella ha creado.
Ella él quién pudiera reventarles los ojos decirles a él cabrón a ella puta levantarles la tapa de los sesos, quién entonces yo y tú mirándonos con horror y asco desde nuestra repentina verdad, nuestra extrañeza.

Luis Britto García

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